No me alcanzaban los ojos para descifrar el misterio: sobre “La hermana menor”, de Mariana Enriquez

La hermana menor, el retrato de Silvina Ocampo de Mariana Enriquez, en la lectura de Francisco Álvez Francese

La obra crítica de cualquier escritor significa siempre —para utilizar la fórmula con la que Baltasar Gracián caracterizaba el equívoco barroco en su Agudeza y arte de ingenio— “a dos luces”, porque por un lado ilumina lo criticado y a su autor, mientras que, por otro, se vuelve sobre la obra misma del crítico y aclara posibles puntos de tiniebla, propone líneas de lecturas, traza un mapa de rechazos y afinidades.

Es significativo, por este motivo, que Mariana Enriquez haya dedicado páginas (sin mencionar su trabajo en el suplemento cultural del periódico Página/12, donde escribe artículos y reseñas sobre temas muy variados), entre otras cosas, a sus visitas a cementerios del mundo, a la mitología celta o a Silvina Ocampo (1903-1993). En efecto, no es en absoluto casual que su trabajo más extenso fuera de la narrativa de ficción sea sobre una de las escritoras más brillantes de la Argentina, que en más de un sentido se puede pensar como precursora de la propia Enriquez, sobre todo en su fascinación por ciertos espacios hasta el momento poco explorados por la literatura de su país. En 2016, de hecho, Enriquez le decía a Mateo Vidal en una entrevista que algunos cuentos de Ocampo como “La fotografía” eran para ella de terror, afirmación que pone a la narradora y poeta en un linaje que incluye partes de las obras de Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones o Julio Cortázar y llega hasta Diego Muzzio, Luciano Lamberti y, por supuesto, Enriquez.

Publicado originalmente en 2014 y luego por Anagrama en 2018, La hermana menor es, como dice el subtítulo, un “retrato” de Silvina Ocampo y así debe ser leído: no exactamente como una biografía tradicional, ni tampoco del todo como ensayo crítico, sino como una pieza de prosa extensa más asimilable al género periodístico del “perfil”, rasgo que se hace evidente en los agradecimientos, que encabeza Leila Guerriero, a su vez editora del volumen Los malditos (2011), para el que Enriquez había contribuído con un capítulo dedicado a Alejandra Pizarnik.

En aquel texto, titulado “Vestida de cenizas”, Enriquez escribe sobre la vida de la poeta y vuelve sobre sus obsesiones, que a menudo son también las suyas propias y, por otra parte, las de Ocampo. Afirma, por ejemplo, en cierto punto:

El último tiempo estuvo marcado, además, por una gran pasión: la que vivió con Silvina Ocampo. Alejandra había conocido a la narradora y poeta en 1967, a través de su participación en la revista Sur, que dirigía Victoria, hermana de Silvina. Tenían muchos gustos e intereses en común: la infancia, los juegos de palabras, el misterio, el erotismo.

El pasaje tiene, por supuesto, su eco ampliado en La hermana menor, donde Enriquez especula con mayores evidencias sobre la posible relación amorosa y sexual entre las dos escritoras, basada sobre todo en la devoción (acaso no respondida) que parecía sentir Pizarnik por su mayor. Ahí está, en efecto, uno de los centros de este libro, que mucho debe a las numerosas e invaluables entrevistas que la escritora hizo a varios amigos o conocidos de la retratada y a expertos en su obra.

Al igual que el tema de su clase social (ya en los primeros párrafos se hace referencia al dinero y la influencia de la familia casi una decena de veces, de distintas formas), la sexualidad será, como en el ensayo sobre Pizarnik, uno de los temas recurrentes. En este sentido, Enriquez logra reunir testimonios disímiles y cita partes de sus entrevistas, de documentales como Las dependencias (1999), de Lucrecia Martel, de libros de memorias o de cartas, fuentes con las que siempre mantiene una saludable distancia que la lleva a dudar, a cotejar opiniones, versiones disímiles que mucho dependen de quién habla, porque las visiones sobre un asunto tan complejo (sobre todo teniendo en cuenta las ideas de Ocampo) están siempre teñidas por los propios prejuicios y convicciones morales de los testigos, que a veces parecen no comprender del todo, por distintos motivos, a la escritora.

En cuanto a la documentación y en su cualidad de único, el libro de Enriquez es una fuente ineludible, aunque por momentos su afán de aclarar momentos de la vida la lleva a servirse de la literatura de Ocampo para llenar los huecos que dejó su consistente silencio. En este procedimiento, la que más sufre es su poesía, parte central en el conjunto de su obra, de modo que, a pesar de que se hace evidente la dedicación de Ocampo en este género, los versos aparecen casi como de manera marginal, apenas para ilustrar algún punto de la biografía de la escritora o sus opiniones políticas. Así, tal vez por el espacio menor que se le da a su lírica, tampoco se comenta su trabajo como traductora, tan integral a su creación, ni como ensayista, actividades que aportan mucho a la comprensión de Ocampo de la literatura y de su oficio.

Enriquez, sin embargo, nota esto. Deja constancia al principio de la educación en otras lenguas de la retratada, del lugar secundario que había tenido el español en su niñez y, luego, de cómo incluso su voz gangosa parecía, según algunos, más apta para el francés que para el castellano. En efecto, aunque fue traducida bastante tardíamente, lo cierto es que Ocampo, como su hermana Victoria, escribió en otras lenguas y se tradujo a sí misma, como atestiguan los poemas “Rencontre de Narcisse”, “L’Adieu de Narcisse”, “L’Eau”, “Poème d’émulation du poète aux lecteurs” y “Dream of Death of a Harlot” y sus versiones. Siempre tensando los límites del idioma, Ocampo experimentó en su poesía además con algunos de los procedimientos que luego puso en práctica en la prosa y, respetando por lo general esquemas métricos y rítmicos clásicos, se embarcó en una búsqueda personalísima que atraviesa temas y formas y que en su restringida libertad logra dar cuenta de un pensamiento complejo y vivo.

Esta peculiaridad es notada, tal vez primero que nadie, por Jorge Luis Borges en su ensayo sobre Enumeración de la patria (1942), en el que refiere a la “casi inhumana, casi estoica impersonalidad” que comparece en las piezas de ese libro a su vez tan apoyado en la experiencia íntima. En paralelo, esta singular “inhumanidad” de la voz es visible por momentos también en los cuentos, que se despegan de lo anecdótico (y muchas veces, como sostiene Enriquez, lo autobiográfico) para alcanzar otras alturas (u otras profundidades).

Este carácter de Ocampo, que continuamente trabaja con los materiales que le ofrece su propia biografía, hace por momentos que las figuras de las narradoras y de la autora parezcan solaparse peligrosamente en las lecturas, estrategia que se reitera en varias secciones, aunque en la mayoría de los capítulos dedicados al análisis de las obras alternen citas de los textos y los comentarios esclarecedores y bien elegidos de académicas como Sylvia Molloy o Judith Podlubne o del albacea de Ocampo, Ernesto Montequin, articulados de un modo que resulta muy ameno y que ofrece un panorama comprensivo de las distintas lecturas de una obra compleja y desafiante.

Efectivamente, el logro principal de Enriquez es el de hacer sonar todas estas voces, incluso cuando se contradicen, en armonía, en un texto en el que la retratada, siempre evasiva, crece con cada relectura. Para eso la autora, que como se ha dicho no niega lo que en ellas hubo de mito, contrasta siempre las historias e incluso, en los momentos más felices, se queda en una duda que es, en este caso, una conclusión satisfactoria. Ocampo aparece entonces, en su espíritu incrédulo “de la fijeza de las cosas y de la identidad”, como una proyección de los otros, como una construcción hecha de anécdotas, fragmentos de ficción, chismes, suposiciones, versos, comentarios: el misterio que rodea como una luz oscura su obra y su vida.


La imagen que acompaña la entrada es una fotografía de Ocampo tomada por Adolfo Bioy Casares.

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