La vuelta al mundo en ochenta obsesiones: sobre “Pequeño mundo ilustrado”, de María Negroni

Francisco Álvez Francese escribe sobre Pequeño mundo ilustrado, de María Negroni (1951)

La literatura argentina es todo menos ajena a los catálogos: no hay que pensar demasiado para encontrar un ejemplo temprano en la clasificación de gauchos que hace Domingo Faustino Sarmiento en una de las obras mayores del siglo XIX americano —el Facundo (1845)—, aunque tal vez lo primero que venga a la mente sean las más recientes enumeraciones patrióticas de Silvina Ocampo, las galerías monstruosas de J. Rodolfo Wilcock, el acopio de palabras y modos de decir que hizo Adolfo Bioy Casares toda su vida (y que tiene una de sus realizaciones en el Diccionario del argentino exquisito) o, por supuesto, el deslumbrante uso —siempre al borde o más allá de la parodia— que hace Jorge Luis Borges de la enciclopedia y del saber ordenado. 

En su burla a estas taxonomías (como la famosamente caótica que se encuentra en “El idioma analítico de John Wilkins”), Borges se muestra hijo directo de las Luces, cuyos cultores, en sus mejores casos, supieron ver los límites del afán organizador y racionalista de su siglo. En uno de los aforismos de Georg Christoph Lichtenberg (escritos a partir de 1764), sin ir más lejos, se lee por ejemplo: “Aquel hombre trabaja en un sistema de historia natural, según el cual clasificaba los animales de acuerdo con la forma de sus excrementos. Distinguía tres clases: los cilíndricos, los esféricos y aquellos en forma de torta”. Sin alcanzar el grado de arbitrariedad que logrará el argentino, Lichtenberg ya muestra en ese pasaje algo del absurdo de la compartimentalización de las cosas del mundo, a la vez que Samuel Johnson, lexicógrafo y ensayista genial, aprovechaba su diccionario (1755) para reírse de sí mismo (en la definición de la palabra “dull”, por ejemplo, ofrece el ejemplo “to make dictionaries is dull work”) o de los demás (como cuando dice de la avena que es un grano que en Inglaterra se le da a los caballos, mientras que “en Escocia aparentemente alimenta a la gente”), y el Marqués de Sade hacía con su obra un auténtico inventario de perversiones y posturas sexuales. 

Más recientemente, esta pulsión puede verse en Argentina en libros tan dispares como algunas de las novelas de desborde orientalista de Daniel Guebel; en Las teorías salvajes (2008), de Pola Oloixarac; El nervio óptico (2014), de María Gainza; o La extinción de las especies (2017), de Diego Vecchio, que en una entrevista reclama como antecesor al Bouvard y Pécuchet (1881) de Gustave Flaubert, a su vez precursor, según las palabras del novelista argentino, de José Lezama Lima, Felisberto Hernández, Borges y Jacques Lacan, nombres de una lista que podría ampliarse —como enseña cualquiera de estas obras— hasta la eternidad. 

El trabajo de María Negroni podría entrar a la perfección en este mapa caprichoso y acotado de literatura con pretensiones museísticas o enciclopédicas, aunque tal vez su obra se inscriba en ese derrotero con más fuerza que todas las mencionadas. Sus mejores libros, entre los que se encuentran la trilogía que Caja Negra editó en un solo volumen bajo el título La noche tiene mil ojos (2015), juegan siempre, en efecto, con esa tensión entre lo antojadizo y lo necesario, y recorren una serie firme de obsesiones que marcan los rasgos de una personalidad y de una persona, desdoblamiento en el que se ven otros como el de autora, profesora, lectora, aficionada, etc. En efecto, un elenco casi estable de referencias recorre la obra de Negroni: Alien, Emily Dickinson, Marcel Duchamp, la noche, la literatura gótica, el cine noir son solo algunos de los nombres que funcionan como contraseñas y que, en distintas modalidades, atraviesan poemas, ensayos, resúmenes biográficos, proyectos de traducción y las entradas de su Pequeño mundo ilustrado (Buenos Aires: Caja Negra, 2011; Madrid: WunderKammer, 2019), que aparece como una suerte de índice de índices, catálogo de catálogos. 

Al igual que Walter Benjamin, Negroni es una coleccionista fragmentos, accionar que la lleva, en consecuencia, a armar sus libros como las cajas de objets trouvés que ensamblaba su admirado Joseph Cornell. Hay, de hecho, un conjunto de obras de Cornell llamadas justamente Museum cuyo mecanismo puede de algún modo equipararse al de este libro. En la versión que pude ver con atención, datada en 1949, el artista estadounidense colocó de forma alternada una serie de cilindros envueltos en papel de diario en posición vertical y horizontal dentro una caja de madera con tapa y en unos, que se abren por la mitad, guardó distintos objetos (piedritas, una pluma, etc.) mientras que en los otros, que están cerrados, puso materiales que hacen sonidos diversos (uno puede adivinar semillas, piezas de metal o el vacío, que produce silencio). La selección, sin explicaciones que unan a las piezas con un momento específico de la vida de Cornell, da a esta obra, a este museo de recuerdos, un carácter misterioso y coloca al observador en un lugar casi de voyeur o, también, de detective, que deberá armar un relato, si quiere, a partir de estos vestigios mudos, como el protagonista de Citizen Kane (Orson Welles, 1941). El libro de Negroni, mucho más anclado en “la cultura”, tiene una forma similar de proceder, como colección íntima que, tal como señala la autora en el prólogo, puede leerse también en tanto que autobiografía. 

Sin acción, sin fechas personales, sin anécdotas ni rasgos propios, y a través de las vidas de artistas y objetos, de libros, películas y pinturas, Negroni crea con su prosa fulgurante un autorretrato honesto, en el que el todo se va armando de piezas que se relacionan de forma discreta entre ellas, y crean un sentido mayor del que cada entrada es una nota: Elizabeth Siddal, la película M de Fritz Lang, el Capitán Nemo, el Golem, Kraftwerk, marionetas y jardines, todos encuentran un lugar y contribuyen a esta construcción de sí misma. Así, los textos que parecen fundamentados en el antojo dan sustento a obras más “rigurosas” como Galería fantástica (2009), en la que alternan la condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik, Carlos Fuentes, los hermanos Quay, las fotografías literarias de Julio Cortázar y los cines de horror de Horacio Quiroga, todas figuras que tendrán su eco en este Pequeño mundo…, donde aparecen, entre otros muchos habitués, bajo otra modulación, en un formato concentrado que les da una impronta de muestrario o de álbum y los eleva a íconos.

La selección tiene por eso la fuerza de las miniaturas, que se muestran como una insinuación del universo y que perviven, asimismo, como un universo coherente, tan autónomo y acabado como abierto siempre a nuevas ramificaciones, a conexiones no pensadas por la autora, es decir, como un universo vivo, que tiene en su propia limitación de ochenta piezas (nada en este libro parece dejado al azar) la potencia del infinito. 

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